Aquel día venía caminando unas quince cuadras porque entonces que vivía provisoriamente en el centro aprovechaba las cercanías, la de los lugares cercanos –aquellos a que sin duda se refería su amigo Gastón, cuando vacilando entre los barrios de Florida o San Telmo siempre terminaba inclinándose por este donde le quedaba todo más cerca. Pero ¿más cerca de qué? Esa era la cuestión que a veces los enfrascaba en una discusión inútil. Claro ejemplo de relativismo individual porque por cierto cada uno tiene sus cercanías y lo que es cerca para uno es lejos para otro como bien entendían ya los griegos desde tiempos ultraremotos. Con su amigo Gastón siempre estaban en esas; nunca coincidían, al menos en eso de definir distancias. En todo caso ella quería ahora aprovechar estas cercanías momentáneas, diferentes de las habituales; como que la ciudad se le había invertido y ahora todo era al revés de antes.

 

Después del diluvio o bien después de la erupción volcánica porque no es el agua que te inunda pero vivifica sino el fuego que arde y quema. Ni una gota de nada, me siento seca. Y si nos preguntamos por el hondo sentido de la palabra. “Mudanza”. El mismo exacto de lo que dice, mudanza, cambio, no como el movimiento evolutivo del capullo, sino revolución, inversión del giro, temblor de tierra. Y uno que pensó que tan sólo era un cambio de casa.

Hace unas semanas a propósito de los festejos de otro aniversario patrio y de la participación de los jóvenes cayeron comparaciones de las juventudes hitleristas y la organización de la Cámpora. Aunque la desafortunada comparación provenía de  un miembro de la oposición ya harto conocida por sus objetivos meramente destituyentes, y fue repudiada por una gran mayoría, me interesó el comentario de una oyente radial “cuidado con estas comparaciones porque los jóvenes que desconocen van a pensar que el nazismo es bueno”. 

El tema surgió a propósito de una pregunta acerca de la misión de los pensadores y la filosofía hoy,  pero allí mismo en la formulación de la pregunta anida ya un problema: la idea de misión. Me animo, pues, a comenzar con una sugerencia. No hablemos de misión porque el pensador, no carga  con ninguna misión, se trata tan sólo de un quehacer que el mismo ha escogido. Hablar de misión conlleva algunos supuestos que no entonan con lo que entendemos por este quehacer.  En esto no hago diferencia entre filósofo y pensador, asumo que la filosofía es ella misma la tarea del pensar, no una profesión de eruditos que recogen y exponen conforme a ciertas reglas de oficio el pensar de los otros, componiendo en el mejor de los casos el concierto de la historia de la filosofía. Discurrir sobre estos supuestos acaso sea, entonces, un buen comenzar para responder a la pregunta que nos convoca, acaso un mal comienzo porque comienza con un no pero  comienzo al fin.