Artículos de octubre 2012
Mi punto de partida es su propio decir: la hora silenciosa, las palabras más silenciosas son las que provocan la tempestad. Pero la voz de Nietzsche es un estruendo, un martillo sobre mis sienes, me rompe los tímpanos. Siempre lo tomé por el costado: El nacimiento de la tragedia, infinitas veces releído, sus obras aforísticas porque invitan siempre a abandonarlas sin escrúpulos. Pero he guardado la sospecha de que abordarlo por la médula era arremeter contra el Zaratustra; hubo en ese sentido ensayos reiterados pero efímeros o parciales, era dada una incompatibilidad de caracteres, su aire profético, su tono amonestador, su exceso afirmativo. Al fin lo he logrado, lo tengo bien leído, pero no lo guardo como un tesoro. He pasado por la bronca, he pasado de la bronca a la risa, de la risa al entusiasmo, la alegría de ver reflejadas mis verdades más antiguas, las felices coincidencias. Ahora me he hecho amiga.
En toda biografía hay una página, al menos unas líneas, que evocan espontánea alegría, una nota risueña, anécdotas de infancia. Éste no es el caso con Kierkegaard, en ella no hay infancia; lo dice el propio protagonista: “Ni hombre, ni niño, ni muchacho (…) desde el comienzo un anciano presa de una melancolía infinita”. Inmerso en la reflexión, desdoblado, sentirá la nostalgia de lo que no fue, los juegos de la infancia, algo de vida en la inmediatez, en la unidad de lo espontáneo.
Pienso que para comentar una novela como Los Pichiciegos es preciso la velocidad, reproducir el ritmo del autor, escrita en tres días… Reproducir tal vez las circunstancias, la coca como estimulante, colocarse en el carril del frenesí, dejarse llevar por la inspiración avasallante, colocarla en el carril de una respiración alerta y sostenida. Debo confesar una estupidez cometida, no sé si “cometida”, me vino de arriba y no me la podía sacar de encima, nada de mi voluntad la impulsaba o le daba aliento. En el mientras tanto de la lectura me decía en forma entrecortada, entre fragmento y fragmento “no me interesa esto, ¿que se hable de una guerra real en Malvinas desde aquí, Buenos Aires, en una pura ficción, un tipo que nunca estuvo en una guerra, que acaso ni hizo el servicio militar? La novela no está mal pero a mí no logra interesarme -¿me mentía?-”. La objeción no me la pude arrancar durante toda la lectura y no obstante sabía desde el principio que era una soberana estupidez.