Los caminos del habla

Las redes del sueño

Estaba que me adormilaba con el traqueteo, en un estado de abandono sin resistencia; más bien me complacía la marea del sueño que me abrigaba como un paño tibio. Son las cosas que en el tren se hacen posibles tras la monotonía del paisaje y el desgano de las horas, cuando los músculos se aletargan y la escucha se hace más alerta, momento propicio para cazar motivos, ese acechar la realidad para alimentar a la ficción, eterno sueño del artista.

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Murió Piglia

Hoy murió Piglia lo dijo Mario Wainfeld en la radio y después lo vi en Página 12, se esperaba, me pregunto, pero no quiero saber, por eso no pregunto de su enfermedad: una rareza, una especie de saqueo en vida. Quedo conmocionada, vuelvo después de algunos días ausente, a los diarios de Renzi, ahora los leo distinto como de alguien que ya murió, es diferente

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Cuestión de tierras

Ya había terminado el congreso de filosofía y comenzaban los preparativos para el regreso, cada uno a su tiempo armaba las valijas y el espacio se iba llenando de vacío. Unos ya se habían ido, otros se estaban alistando; nosotros nos quedábamos para la velada del cierre; saldríamos el sábado. En esas noches de fogón me gustaba ser de las últimas, gozar el momento de los pocos, cuando se arman las charlas del estribo, y se desbocan los chismes, cuando el vino invertido durante toda la noche comienza a dar sus frutos de “in vino veritas”, cuando ya no se puede parar el fluir intermitente de historias de demonios y aparecidos que se han ido agolpando en las bocas de los cuenteros. No importa cuantas veces las hayamos escuchado siempre dejan en la piel esa sensación de sudor frío y noche desvelada. Y esa noche de luna llena y bosque alborotado algo pegó más allá de lo acostumbrado, todos nos recogimos en silencio y apenas nos saludamos con un incrédulo “Buenas noches”.

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Lo uno y lo múltiple

Un crucero, a bordo unas veintisiete personas entre chilenos, brasileros y argentinos: andaba dando paseos por las islas del sur de Chile. La pasamos bien, llevábamos 16 días de excursión por rincones y lugares de insospechada belleza; nos habíamos hecho amigos en pequeños grupos, aunque todos nos tratábamos con simpatía y hospitalidad. El día 17 viró la suerte, comenzó nuestra mala luna, fue por la noche, luna menguante, luna miserable, completa oscuridad. Los pasajeros dormíamos o estábamos a la espera de que el sueño nos visitara; muy pocos permanecían en cubierta redondeando las despedidas

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Dos afluentes en colisión. Goethe y Schiller en el debate entre clásicos y románticos

La relación entre Goethe y Schiller jalonada por una amistad y a la vez una tensión puede servir de paradigma para discurrir sobre lo clásico y lo romántico. La importancia de estas figuras se manifiesta en el hecho de que ambos son considerados los creadores del idioma alemán, se dice que ambos contribuyeron a sacarlo de la barbarie, a modelarlo, a adecentarlo, a transformarlo en un idioma capaz de expresar alguna idea elevada. Porque era el alemán en la época barroca un idioma vulgar e informe, tanto que Federico 11, el Grande, el gobernante ilustrado, decía de sí mismo que hablaba el alemán "como un cochero". Pero esto no es más que un aspecto del significado histórico de estos dos grandes, cuya importancia en tanto figuras paradigmáticas no se explica sino en el marco de la época.

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De la mecedora a los Apeninos

Lucía mira al padre de humor casi ausente, que se hamaca con automatismo desganado. Piensa en la mecedora, ese objeto antiguo ¿cómo habrá llegado a la casa, qué recorridos habrá consumado? No recuerda que estuviera allá en la casa de la infancia, sería acaso un legado, u objeto rescatado de una feria, cuando alguien quiso deshacerse de esas cosas ya acopladas al pasaje de lo útil a lo molesto.

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