Los caminos del habla

Las rondas de Clitemnestra

Clitemnestra: Señores jueces con sus bravas togas y pelucas, escuchen, no se confundan, abran  oídos, abran cabezas, que hay mucha materia para ordenar después de siglos de traspapeleo. Dormidos los cuerpos unos sobre otros en loca ebriedad hoy comienzan a mover los párpados para mirar entre las sombras. Escuchad la música que viene de las profundidades de la tierra y recorre el aire denunciando aguas turbias y hechos ocultos, hechos que se pretende que no fueron pero están allí como ojos de lobo en acecho.

 

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Lady Macbeth, mulier sacer.

Música de acordeón en diálogo con voz cantada sin palabras.

Coro de brujas - Mírenla…, lady Macbeth, que se lava, se lava… las manos.., no cual Pilato, como signo de abstinencia, lava para ahuyentar, para borrar la mancha, lava, lava.., una y otra vez. Lava del volcán cayendo, inundando, ríos teñidos, torrente que arrastra, agua, lava, barro, sangre, camalote, mezcla de elementos que arrasan, se llevan la vida. Voces que al tiempo se ahogan y claman.., ¿Perdón?... No perdón, apenas paz. Tantas manos que quieren lavarse, tantas manos sucias que quieren, o debieran querer. Mancha roja de púber violada, de virgen sacrificada al dios de los vientos para bendición de las naves, de soldado desconocido, asesinado por hermano, por primo, amigo, mancha de quien se matará de horror víctima del propio crimen. Mira, la mancha roja en sus manos que se extiende y le sube por la garganta y le ahoga la garganta; mancha que sube, baja y la envuelve como manto rojo hasta la asfixia.

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Mito, tragedia e identidad en el Martín Fierro

Un nuevo contrapunto: protocolos

M- Martín Fierro es ya un objeto construido por diversas, sucesivas lecturas, interpretaciones, desvíos. Muchas fueron las voces que se levantaron y fueron a su turno respondidas: retrucadas, alabadas o condenadas. ¿Símbolo patrio o tipo singular? ¿Héroe o gaucho matrero? ¿Mito o antimito? Como una cebolla se ha ido moldeando por capas y capas de decires y retruécanos. Nuestro texto, ahora, trata de agregar un eslabón a eso que, aunque no guarde las formas de tal por lo disperso en el tiempo, es un largo diálogo sobre el Martín Fierro.

J- Es cierto, todo texto se completa de forma decisiva en su lectura, y éste cuya interpretación se juega en una serie de problemas o debates históricos, asume de modo más explícito o consciente ese enunciado; más que otros el Martín Fierro se produce y reproduce en ese vaivén entre el texto y la tradición de sus lecturas. Por eso en este nuevo diálogo se tratará de repensar y recorrer la distancia entre el texto y esa serie de lecturas: se trata –todo el tiempo- de ir del texto a sus lecturas, de éstas nuevamente al texto, buscando nuevos problemas, nuevas claves de interpretación.

M- Muchas son, en verdad, las opciones posibles de desplegar, pero todo diálogo se prende de una cuerda y presume algo de coincidencia y un poco de disenso. No se puede dialogar en el acuerdo total ni desde la diferencia absoluta. Desde estos presupuestos, armamos el marco de una conversación imaginaria que se cuelga de un discurrir por siempre inconcluso, expandido en el tiempo. Nos colamos, entonces, en la marea de este diálogo histórico con voz apenas audible, sin pretensión de originalidad, recordando más bien palabras ajenas, viejas polémicas. Y avanzamos en el trazado del contrapunto no sólo como una manera de rememorar y remover viejas lecturas y discusiones, sino de hacerlo además en el marco de una constelación de conceptos pertenecientes a la estética romántica: mito, épica, tragedia, héroe, identidad, destino. Pero el Martín Fierro es en principio también un concentrado de dicotomías cuya expresión emblemática acaso sea la de civilización y barbarie, síntesis abigarrada de una larga serie de oposiciones -sólo en parte equivalentes pero siempre vinculadas- de índole política, ideológica, social o literaria. Nos detenemos –para empezar- en esta última, un debate sobre el género, por cierto, muy imbricado de trasfondos políticos.

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Las redes del sueño

Estaba que me adormilaba con el traqueteo, en un estado de abandono sin resistencia; más bien me complacía la marea del sueño que me abrigaba como un paño tibio. Son las cosas que en el tren se hacen posibles tras la monotonía del paisaje y el desgano de las horas, cuando los músculos se aletargan y la escucha se hace más alerta, momento propicio para cazar motivos, ese acechar la realidad para alimentar a la ficción, eterno sueño del artista.

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Murió Piglia

Hoy murió Piglia lo dijo Mario Wainfeld en la radio y después lo vi en Página 12, se esperaba, me pregunto, pero no quiero saber, por eso no pregunto de su enfermedad: una rareza, una especie de saqueo en vida. Quedo conmocionada, vuelvo después de algunos días ausente, a los diarios de Renzi, ahora los leo distinto como de alguien que ya murió, es diferente

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Cuestión de tierras

Ya había terminado el congreso de filosofía y comenzaban los preparativos para el regreso, cada uno a su tiempo armaba las valijas y el espacio se iba llenando de vacío. Unos ya se habían ido, otros se estaban alistando; nosotros nos quedábamos para la velada del cierre; saldríamos el sábado. En esas noches de fogón me gustaba ser de las últimas, gozar el momento de los pocos, cuando se arman las charlas del estribo, y se desbocan los chismes, cuando el vino invertido durante toda la noche comienza a dar sus frutos de “in vino veritas”, cuando ya no se puede parar el fluir intermitente de historias de demonios y aparecidos que se han ido agolpando en las bocas de los cuenteros. No importa cuantas veces las hayamos escuchado siempre dejan en la piel esa sensación de sudor frío y noche desvelada. Y esa noche de luna llena y bosque alborotado algo pegó más allá de lo acostumbrado, todos nos recogimos en silencio y apenas nos saludamos con un incrédulo “Buenas noches”.

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